En el tema de la liberación de la mujer existe un elemento crucial que es el que tiene ver con la maternidad, que si bien no afecta directamente a todas las mujeres, se convierte en una cuestión determinante para el género femenino en su conjunto por el alcance que tiene para la propia concepción de éste último.
Hoy las mujeres elegimos cuándo y cómo somos madres, entendiendo la palabra elección como un conjunto de múltiples factores de los que sólo una parte constituyen una opción enteramente personal, mientras el resto se determinan por circunstancias sociales, económicas, laborales que impone el propio sistema.
Sin embargo, ese pequeño grado de decisión, más que de elección, ha significado y significa para las mujeres un enorme salto cualitativo como propietarias de su devenir vital, un devenir vital que durante siglos ha estado en manos de todo el mundo menos en las de las propias mujeres.
Uno de los problemas más importantes para la mujer que decide ser madre tiene que ver con el mundo laboral. Se trata del “obstáculo” más obvio y complicado de sortear en un sistema que se mide por parámetros capitalistas y de utilidad en función del valor que nos otorga como fuerza productiva. Si bien las legislaciones de los países más avanzados en derechos sociales protegen el derecho de la mujer a ser y ejercer como madre, el trecho que queda por caminar supera por mucho el andado.
Es necesaria una protección más amplia y eficaz, que permita a la mujer vivir su maternidad con el tiempo y la dedicación que estime oportunos .Y hablamos del tiempo y dedicación que estime oportunos con toda la intención, es decir, dejando a la mujer decidir cómo quiere enfocar y desarrollar su maternidad.
Resulta innegable que la crianza es todavía una actividad atribuida mayoritariamente a las mujeres y que en el imaginario colectivo aparece como tarea de ellas. Sólo hay que ver las bajas y reducciones de jornada que solicitan las mujeres respecto a los hombres por el cuidado de hijos e hijas.
Si bien en esta tendencia actúan factores como la mayor precariedad laboral de las mujeres, que hace menos lesiva económicamente para la familia la renuncia a parte de su sueldo o a su salario completo, también lo es el sentimiento atávico de que el cuidado de la prole es cosa de mujeres. Y desde nuestro punto de vista, el peso de esta idea lejos de reducirse, parece crecer hoy por hoy. Y ello a pesar de que la crianza, es decir, la alimentación, el cuidado y la educación de los hijos e hijas tiene ahora menos impedimentos para ser ejercida por los hombres y otros cuidadores/as de los que nunca ha tenido en la Historia.
Durante los últimos tiempos se han multiplicado la teorías sobre la crianza con apego y natural, que cuentan con legión de adeptas. Y decimos adeptas, porque aunque algún hombre se ve en foros y grupos de debate en la Red afines a este tipo de crianzas, un porcentaje elevadísimo lo constituyen mujeres. Se trata de modelos de crianza y cuidado de los niños y niñas basados, entre otras cuestiones, en la lactancia materna, el colecho (dormir con los hijos) y la satisfacción de las demandas de los pequeños de forma más o menos inmediata, siendo importante la llamada figura del cuidador principal y la dedicación del mismo a la crianza. Frente a las teorías educativas basadas en el conductismo, se apuesta por una mayor flexibilidad, teniendo siempre como centro las necesidades del niño/a y su evolución.
Como también decíamos, en un porcentaje abrumador la crianza natural es desarrollada por mujeres, en cuanto que el primer vínculo de apego con los hijos se realiza a través de la lactancia materna, que se ofrece a demanda, es decir, cuando el niño la solicita y más allá de los primeros meses de vida, pudiendo prolongarse varios años.
Este hecho requiere, como es de suponer, un alto grado de dedicación, que en algunos momentos llega a ser prácticamente exclusiva. La posibilidad de compaginarla con otras actividades se realiza con un elevado coste físico y emocional para las mujeres, aunque muchas de ellas lo consideran bien empleado por el bienestar de sus hijos, tal y como declaran.
Y es aquí donde se inserta la idea de la mujer como ser preparado y avocado, parece ser que por la naturaleza y gracias a la facultad de amamantar, para ceder el bienestar propio a los demás o lograr el propio de manera diferida a través de ellos. Un rasgo éste que no se refiere sólo a los hijos, sino también a los mayores dependientes o cualquier ser que requiera atención. Así, en el caso que nos ocupa, la dedicación intensiva al hijo hace que la mujer se reencuentre con su pasado más ancestral y entienda como natural, incluso satisfactoria, cualquier renuncia o sacrificio.
Se trata de hechos ineludibles que se asumen o se aceptan por “naturales”, calificativo mágico al que se recurre para resolver cualquier conflicto de intereses. Si la renuncia total no se da por buena, la mujer siempre puede compaginar una doble jornada de actividad externa y de crianza a un precio físico y psíquico elevado pero que, de nuevo, quedará diluido por la “compensación” de ceder el propio bienestar a favor del bienestar de los hijos, o sea de los otros.
La decisión de cómo se cría a un hijo representa en última instancia una elección de los padres. Pero no sólo y no siempre. El mundo moldea esas decisiones de manera unas veces imperativa y otras sutil, pero igualmente categórica. Hace varias décadas, se consideraba al ama de casa y madre de familia como una mujer “mutilada” en su desarrollo como tal, entendiendo que su potencial como persona quedaba reducido a las paredes de una casa, algo que evidentemente era en gran parte cierto porque la independencia económica constituía un paso indiscutible de su liberación.
Hoy que la mujer apenas roza con los dedos su independencia, la capacidad de decidir sobre su vida y de seguir empedrando el largo camino hacia la verdadera igualdad, regresamos, en aras del apego y la naturaleza, a la verdadera liberación femenina en un tiempo de artificio y niños de guardería. Apenas ha habido tiempo de salir del hogar y del cuidado exclusivo de la prole para que el boomerang regrese al punto de partida y nos dé en plena cara.
El progreso y la lucha de las mujeres ha facilitado instrumentos y realidades para conciliar los papeles de madre y mujer, que pueden ir juntos, pero que no son iguales, reduciendo los “daños colaterales” y repartiendo las renuncias, en un mundo que no lo pone fácil, solidariamente entre los padres, hombres, y los propios hijos. Un situación en la que, por mucho que se diga lo contrario, estos últimos, en la mayor parte de los casos, han tratado de ser protegidos y siempre enormemente amados.
Pero hoy se cuestiona el amor de las madres que no amamantan; o que se reincorporan demasiado pronto a su trabajo. El regreso a la actividad de una conocida política a los 10 días del nacimiento de su primer hijo ha servido para iluminar la situación que describimos. Más allá de lo que estas prontas incorporaciones laborales puedan suponer como ejemplo nefasto en un país sin apenas conquistas sociales y con una clase empresarial muy poco proclive a los derechos de las madres trabajadoras, la red se ha llenado de descalificaciones morales de todo tipo referidas exclusivamente a esta mujer como madre que produce “escalofríos”.
Hace tiempo una conocida feminista peleaba dialéctica pero literalmente su derecho a criar a su bebé con biberón, a restablecer la vida anterior a su parto con el ritmo que ella estimaba adecuado, argumentando su libertad de elegir y su derecho a sentirse respetada como lo son las mujeres y madres que eligen otra opción de crianza. Una opción que, por otro lado y con estudios científicos rigurosos, no han demostrado beneficios superiores para los hijos e hijas. La crianza y la educación, más allá de recetas, representan un crisol de tantos y tan variados factores que es difícil o por no decir imposible saber qué niño de hoy será un adulto feliz mañana.
Cabe preguntarse por qué esta vuelta a la maternidad intensiva como el dorado soñado por cualquier mujer-madre ha calado tanto y tan deprisa socialmente. En primer lugar, las mujeres tenemos demasiado poco recorrido todavía en lo que se refiere a nuestra liberación. No han pasado suficientes generaciones para que hayamos superado del todo sentimientos y tendencias marcados a fuego en nuestro genoma como son la entrega a los demás y, sobre todo, la culpa. Y desde nuestro punto de vista, algunos postulados de vuelta a la naturaleza en la crianza hincan ahí precisamente buena parte de su poder de seducción.
Apelando a sentimientos supuestamente ancestrales y perdidos invitan a la mujer a recuperar como parte de su esencia esa entrega a los demás y a situar siempre el bienestar de los hijos/as por encima del propio. No resulta complicado despertar ese tipo de sentimientos, pues apenas tuvieron tiempo de adormecerse; y si no aparecen “naturalmente” con la celeridad y espontaneidad que cabría esperar, se activa la tecla de la culpa como factor que empuja al sacrificio y segura palanca de la abnegación más incondicional.
Por otro lado, algunos popes de la crianza natural hablan de que elegir una crianza natural o maternidad intensiva es un cuestión de prioridades; se puede renunciar a un empleo, vivir con menos y atender mejor a los hijos. Si la abnegación y la culpa han hecho su trabajo correctamente, caeremos en la cuenta de que podemos vivir con menos, o sea, peor mientras el mundo sea capitalista, porque nuestros hijos necesitan más amor y menos consolas. Cabe preguntarse si la única opción para lograrlo es replegarse al hogar a gerenciar una prole amada en la escasez, en vez de pelear porque los hijos no sean una carga sino un hecho normal que no implica renunciar a la vida laboral y personal.
En gran medida este tipo de crianza apela a la libertad de la mujer para ser madre con la intensidad que lo desee en un mundo hostil para conseguirlo. Pero lo hace tocando resortes primitivos en el peor sentido de la palabra y pulsa elementos emocionales que entroncan con lo más reaccionario y patriarcal de lo que habita en nosotros/as.
De ahí la crítica feroz y la soberbia con la que descalifica a toda aquella mujer que no se pliegue a una más o menos maternidad intensiva y escoja para sus hijos/as otro tipo de crianza. Una de las consecuencias más perniciosas de todo ello es que enfrenta a unas mujeres contra otras, y socava el respeto que nos debemos entre nosotras.
Igualmente enfrenta entre sí las facetas vitales que una mujer puede desarrollar, estableciendo de antemano prioridades que no son iguales para todas. En definitiva mutila a la mujer como ser humano completo y rico, y su libertad para criar y educar a sus pequeños enseñándoles que quien los trae al mundo y los ama tanto es un ser independiente de ellos/ellas, como ellos/ellas lo son de sus madres.
MERCEDES FERNÁNDEZ LAGAREJOS
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