Lo bueno de vivir en el centro de la ciudad es que todas las manifestaciones (y últimamente hay muchas) quedan a tiro de piedra, lo que pone muy difícil la excusa para no acudir pero tampoco da lugar a la pereza. Es cómodo salir con la pancarta a medio desplegar y la camiseta verde puesta, pero lo es más la vuelta, cuando se está reventado de tanto caminar o pitar en el mismo lugar durante horas. Así que, como todo son ventajas, hoy siento cierto fastidio cuando me veo obligada a coger el metro para llegar al punto de encuentro de la enésima manifestación que se celebra en Madrid contra los recortes en educación.
Hoy también llevo pancarta -aunque bien enrollada-, y también llevo puesto mi uniforme de batalla, esa camiseta verde que me enfundo días seguidos sin tiempo siquiera de darle un agua. El conflicto se alarga, y ahora, más que otro ejemplar para el quita y pon, pienso mientras bajo las escaleras del metro que habría que encargar una sudadera, unos guantes o una bufanda verdes para hacer más llevaderos los fríos días de invierno que se avecinan frente a la Consejería de Educación, a la intemperie de la calle Alcalá.
El vagón va bien nutrido este sábado 22 de octubre. Miro a mi alrededor y me detengo ante la sonrisa cómplice de una mujer que luce bajo la chaqueta una camiseta verde; yo también le sonrío, y al poco se abren las puertas y entra un aluvión de gente que sin duda se dirige al mismo lugar que yo: Glorieta de Atocha, manifestación contra los recortes. Ya no siento tanto fastidio por haber tenido que coger el metro; esta visión tonifica mi ánimo, que empieza a resentirse por los muchos días de movilizaciones y los mordiscos en la nómina.
Hoy somos muchos miles los que conformamos esta marea verde que ha inundado la plaza y aledaños. Han venido de todas partes: de Extremadura, de Galicia, de Castilla La Mancha, de Valencia; somos tantos que al llegar ya estamos parados. Nos armamos de paciencia y coreamos durante un rato largo esos cánticos tan creativos que sólo a un profesor se le pueden ocurrir, pero pasa el tiempo y, como no hay movimiento, la marea verde vira, ignora el recorrido pactado e invade el Paseo del Prado sin contemplaciones, avanza hasta Cibeles, se detiene y vocifera y se sienta ante el Ministerio y la Consejería. Algunos quisiéramos quedarnos allí tumbados, al sol de este día que promete ser largo, pero hay que levantarse y continuar hasta Sol. Nadie sabe dónde andará la cabecera; si habrá quedado varada en la Plaza de Jacinto Benavente (¡qué timoratos los organizadores; el final de Atocha es un cuello de botella!) o se habrá marchado a casa. No importa, porque la marea verde sigue atestando Sol pasadas las 15:00 de este sábado que todavía tiene mucho que ofrecer.
Bares y restaurantes cercanos a Sol se inundan de manifestantes hambrientos que tiñen alegremente aceras y terrazas. Aprieta el calor. Los más afortunados tendrán donde estirar los pies; los visitantes se dedicarán a pasear por el centro de la ciudad o regresarán a las suyas. En unas horas comienza el segundo acto de la jornada. Los estudiantes de los conservatorios se han unido a la protesta y ofrecen conciertos en las plazas del centro. Los que tocan en Callao –un cuarteto que ha perdido a un miembro por el camino- deben rivalizar con la banda de jovencitos de camisas de cuadros y raya al lado que vociferan su amor por Jesucristo y piden para el Domund. Pero Mozart suena a gloria en los instrumentos de estos estudiantes, que saludan y acogen de buen grado las intervenciones de los espontáneos. Cuando se equivocan, y como para disculparse, prometen un concierto mayor y mejor el día 5 de noviembre en la Plaza de Oriente a favor de la educación pública.
Allí estaremos, pero ahora nos dirigimos a la Plaza de Ópera, que hoy se hace honor a su nombre en la calle, ante los carteles mudos del teatro. Una valiente se lanza a interpretar piezas de Kurt Weil a voz en cuello, porque la megafonía le está jugando malas pasadas. Canta y recita textos que aluden a tiempos mejores, y todos entendemos que son los que deseamos para la educación en Madrid y que ya quedan lejos. Aquí también hay que imponerse a los bailarines de capoeira que cosechan sonoros aplausos al otro lado de la plaza; pero llega el turno de las adolescentes de un centro integrado con su profesora, y su concierto de percusión corporal vuelve a nutrir el círculo de los que no habíamos desertado por ritmos más pegadizos. “Los músicos no somos vagos; estudiamos más que los médicos”, repite varias veces un chaval a lo largo de su interpretación al piano, y el público sonríe, aplaude y asiente.
A las 19:30 de la tarde, tras una jornada de marcha, encuentros y abrazos, sentadas y cánticos, no hay hueso que no duela; pero queda el plato fuerte: un profe de Historia embutido en una chaqueta de terciopelo verde promete amenizar junto con el pianista lo que en este punto quede de nosotros. Gracias a él descubrimos que el chotis madrileño llegó de Escocia pasando por Austria, que el organillo lo trajo al Foro un napolitano, y que el traje de chulapa también se vestía en Valencia. ¿Dónde queda entonces la esencia de Madrid?
A mí se me ocurre que lo más genuino de los habitantes de esta ciudad reside en su capacidad para haber sobrevivido a más de veinte años de políticas y ediles de derechas, pero me lo callo, porque el profe –orgulloso producto de la educación pública- acaba de arrancarse con La bien pagá al mejor estilo del último coplero republicano, y yo hace rato que me propuse disfrutar de este día verde, tanto como los ojos de la protagonista de la siguiente copla. Hace un par de números que ha quedado claro que lo de este espontáneo es más que buena voluntad artística, y que se ha dejado la bata de cola en el garito donde se pluriemplea los fines de semana, así que, rendidos como estamos, nos dejamos arrebatar por el último pasodoble y ovacionamos este derroche de ingenio gratis en estos tiempos de escasez de medios y miras.
Son casi las 21:00. Me despido de mis compañeros y amigos, me palpo las fuerzas y compruebo que todavía me quedan para una peli en los Renoir a la sesión de las 22:00. De camino al cine –a pie; lo bueno de vivir en el centro es que las salas en versión original quedan a tiro de piedra-, pienso que hacía mucho tiempo que Madrid no se estremecía con el clamor de una reivindicación tan justa, tan festiva, tan esperanzada. Pero también pienso que nos esperan muchos reveses. Me alegra sentir que la marea verde se haya erigido en latido del conflicto, y antes de entrar en la sala constato que nuestra responsabilidad es seguir alimentándolo.
Cari
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